La casa como refugio y delirio: una deriva por la verticalidad de Bárbaro Rivas

En la obra de Bárbaro Rivas (1893–1967), los paisajes y retratos, la pintura religiosa y la de costumbres se entrelazan para configurar una confluencia de memoria y devoción donde la casa emerge como una referencia constante. No es un elemento meramente ornamental; se trata de una presencia recurrente que participa de diversos modos en el propósito de sus cuadros.

A menudo, la arquitectura surge como el telón de fondo del autorretrato o como su amparo esencial. En este diálogo visual, ella encarna el color, mientras que el artista se define en matices de blanco y negro. Mientras Rivas se nos muestra de frente, la morada se despliega en planos imposibles que habitan la latitud del cartón.

Bárbaro Rivas. Barrio de Caruto

Las casas, agrupadas, prefiguran paisajes, escenas bíblicas o la evocación juvenil de su barriada natal. Organizan el espacio múltiple y testimonian el relieve tortuoso de Petare, con sus calles en pendiente que bordean la montaña. Existe una nobleza en su solidez que desafía el horizonte, actuando como un espejo de la figura humana que se apoya siempre en su propia vertical.

Sin embargo, la casa es también la evidencia de la desolación. En agosto de 1959, un incendio destruyó su hogar, afectando profundamente su ánimo y su trabajo. Aunque la municipalidad le construyó una nueva vivienda, Rivas se sumió en las marañas de la depresión y el alcohol. Para 1964, su pintura inició lo que la crítica denomina un «periodo cruel». La casa devino entonces en reflejo onírico, un recuerdo delirante o una imagen atormentada que nos sitúa en ese estadio incierto de la contemplación.

De aquel episodio traumático es testimonio la obra El incendio de la casa de Bárbaro Rivas. En ella, el humo parece filtrarse por el flanco izquierdo del cuadro, con detalles parcos y de significado oscuro. Al igual que en sus periodos más vibrantes, las puertas y ventanas persisten en el color negro, indicando quizá una verdad vedada o un espacio ya inhabitado para el artista.

Bárbaro Rivas. Las tres casas

A lo largo de su vida, Rivas habitó tres casas distintas —desde Caruto hasta el Calvario de Petare—, espacios que funcionaron como sucesivos estratos de su memoria y su obra. En esa trayectoria es posible reconocer la cualidad integradora de los recuerdos y los sueños de la que hablaba Bachelard. La casa fue su lienzo más temprano —las paredes humildes de su barrio fueron el soporte de sus primeras ilustraciones bíblicas— y su último refugio ante las tormentas de la vida. Es en esos rudimentos humanos donde hallamos, finalmente, la mayor nobleza de su mirada.


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