Leía esta mañana un artículo en El País que ha despertado cierto revuelo —y una interesante controversia semántica— a raíz de una reseña sobre la exposición «Electric Dreams: Art and Technology Before the Internet» en la Tate Modern. El titular, con esa grandilocuencia que a veces peca de imprecisa, rezaba: «El movimiento artístico que se adelantó al algoritmo».

Un lector atento, ejerciendo esa crítica necesaria que tanto valoramos, señaló en los comentarios el error histórico de la afirmación. Argumentaba, con razón, que el algoritmo —entendido como un procedimiento paso a paso para resolver problemas o realizar cálculos— es un concepto antiguo que nos acompaña, al menos, desde el siglo IX. Bajo esta premisa técnica, la idea de que unos artistas de mediados del siglo XX pudieran «adelantarse» a él resulta, cuando menos, anacrónica.

Sin embargo, aquí es donde debemos detenernos a matizar. Obviamente, el periodista aludía al algoritmo en su acepción estrictamente informática: ese conjunto de instrucciones diseñadas para que una computadora procese datos y genere resultados, algo más complejo que una simple receta de cocina. Es cierto que, a partir de 2010 aproximadamente —con la mutación operativa de las redes sociales, el auge de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático—, esta es la acepción que ha colonizado el espacio público.

Pero si rastreamos la genealogía del término, su salto del campo científico a la cultura popular tiene una antigüedad considerable. Se remonta a mediados del siglo XIX con los trabajos visionarios de Ada Lovelace y alcanza la explosión de Internet y los motores de búsqueda a finales de los noventa, momento en el que la palabra comienza a escapar de los círculos técnicos para instalarse en nuestro vocabulario cotidiano.

De hecho, revisando mis propias notas sobre artes visuales, y exceptuando quizás los trabajos pioneros de Michael Noll y Frieder Nake a principios de los sesenta, confieso que rara vez he encontrado la palabra «algoritmo» usada con asiduidad en la literatura artística de la época. Se hablaba más bien de «programación», «código», «rutinas» o «instrucciones»; términos que, aunque desde la óptica del especialista no sean más que sinónimos funcionales del algoritmo, denotan una relación diferente con la máquina.

Por ello, el titular que sugiere que algunos artistas se «adelantaron» al algoritmo resulta contradictorio. No se anticiparon a su existencia, sino que ya lo contemplaban o utilizaban activamente como herramienta creativa, plenamente conscientes de un arte mediado por la computación.

La sutileza conceptual que no reflejaba el encabezado de la noticia —y que es nuestra tarea rescatar— es esta: aquellos artistas no se anticiparon al concepto matemático, sino a la ubicuidad e impacto cultural masivo que el algoritmo ejerce hoy sobre nuestras vidas. Vieron, antes que nadie, que el código dejaría de ser una herramienta invisible para convertirse en el arquitecto de nuestra realidad.


Imagen de cabecera: Manfred Mohr. P-026 Inversion Logique (Logical Inversion), 1970. Vía: Spalter Digital


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