Recorrer la historia del arte es, a menudo, tropezar con silencios injustos. Mavis Pusey (Jamaica, 1928 – Virginia, 2019) fue uno de esos talentos que habitó los márgenes, estudiando en Nueva York y Londres, respirando el aire de París y estableciéndose finalmente en el Chelsea neoyorquino para pintar el ritmo de una metrópolis en cambio constante. Aunque gozó de cierto reconocimiento y participó en exposiciones colectivas relevantes , terminó sus días enfocada en la docencia y falleció en el olvido, con graves problemas económicos.
Este año, el silencio se ha roto. El ICA Philadelphia ha presentado la primera retrospectiva de su obra, rescatando sesenta piezas que abarcan cinco décadas de trabajo. Es el momento de mirar de cerca lo que esa abstracción nos estaba susurrando sobre la realidad.
Una abstracción que susurra la realidad
A menudo se vincula el trabajo temprano de Pusey con la abstracción post-pictórica, esa categoría acuñada por Clement Greenberg en 1964 con su exposición «Post-Painterly Abstraction». Greenberg buscaba distanciarse de la gestualidad y el drama emotivo del expresionismo abstracto, favoreciendo una pintura de campos de color fluidos o de contornos nítidos y geométricos: el hard-edge.

Aunque Pusey no estuvo en aquella muestra, su estilo encajaba en la precisión del hard-edge. Sin embargo, hay algo más. Un año después de aquella exposición, Pusey firmó Spase (1965). A primera vista, es geometría pura. Pero si nos detenemos —practicando esa lectura lenta que tanto reivindicamos—, surgen asociaciones inevitables. El dinamismo de la figura verde, encorvada, sugiere una reverencia o una danza ritual.

Al mirarla de nuevo, esa forma antropomórfica me recuerda poderosamente a la ilustración de John Tenniel para Alicia en el país de las maravillas, donde una Alicia gigante intenta acomodarse, agobiada, dentro de la casa del Conejo Blanco. Quizá sea una sobreinterpretación, pero sirve para señalar algo vital: la pintura de Pusey nunca es muda; tiene una relación directa y física con el mundo que la rodea.
Ritmo y diseño: la gramática de la destrucción
A partir de 1968, Pusey convierte el ritmo cambiante de Nueva York en el eje de su investigación. Eran los años setenta, y la ciudad estaba al borde de la bancarrota. Era la Nueva York de los escombros y las demoliciones que Martin Scorsese inmortalizó en Taxi Driver (1976).

Para entender la estética que cautivó a Pusey, pienso en el trabajo del fotógrafo Danny Lyon, quien documentó la demolición del bajo Manhattan en su libro The Destruction of Lower Manhattan. En imágenes como Wall of the Saint George Building (1966-1967), Lyon captura esa tensión entre el dinamismo de la ruina y el equilibrio de la estructura. Ese es, precisamente, el territorio de Pusey.

Esta tensión vibra en obras como Frozen Vibration (1968), perteneciente a la colección del MoMA. Como indica su título, es un juego de contrarios: la estabilidad del pentagrama horizontal frente al caos de las líneas gruesas y los círculos que parecen notas musicales escapando de la partitura. Pusey solía decir que, en sus obras, el color era el ritmo y el diseño la columna vertebral.
La arquitectura del alma humana
En 1977, Pusey pinta Within Manhattan. Aquí la geometría remite explícitamente a un edificio en ruinas, con tablas clausurando ventanas y persianas destartaladas. Pero no hay quietud. La escena parece captada en el instante preciso del derrumbe.

Lo curioso es que no percibo en su obra un lamento por la ciudad perdida. No hay nostalgia. Su mirada parece encantada con el ciclo de destrucción y construcción, entendiéndolo como el ritmo natural del paisaje urbano. Pusey se aleja de la etiqueta fría del hard-edge para instalarse en un territorio donde la abstracción y la realidad confluyen.
Más allá de las etiquetas, y eludiendo las temáticas de identidad y confrontación social comunes en otros artistas afroamericanos de su época, Mavis Pusey se mantuvo firme en su compromiso con la abstracción. Su obra nos ofrece una visión casi platónica: la estructura de la ciudad —incluso en su ruina— refleja, de algún modo, la composición del alma humana.
Imagen de cabecera: Colección del Studio Museum de Harlem, archivo de Mavis Pusey
