Entrada a la exposición en Bombas Gens con un VW Golf GTI blanco y una fotografía mural en blanco y negro de jóvenes en un coche.

A veces, para entender dónde estamos, hay que volver al lugar donde el mapa se rompió. Es una idea recurrente en estos días y sobre eso pensaba en mi visita a Bombas Gens, luego de cruzar esa especie de umbral temporal hacia una Valencia que ya no existe, pero que a ratos parece  palpitar bajo el asfalto. Al llegar a la exposición “La Ruta”, un Golf GTI blanco, aparcado con una quietud que desafía su pasado de velocidad y ruptura, destaca sobre los textos en la pared que sirven de introducción a la muestra. Es un manifiesto de metal: el coche fue el verdadero cordón umbilical entre la huerta y la vanguardia, los límites de un territorio donde la juventud de entonces persiguió una libertad que llegaba sin manual de instrucciones.

Pero bajo el ruido que la historia ha simplificado como «fiesta», se intuye una arquitectura del pensamiento. La muestra nos devuelve a la transición de una sociedad que pasaba del gris al tecnicolor, buscando una voz propia entre la melodía y la estridencia. Caminar por la sala de los vinilos es asistir a una liturgia de plástico y aguja. Allí, los discos de Nina Simone o los ecos del post-punk británico no eran simple importación, sino un rito de traslación al tempo mediterráneo. El DJ, más que un animador, era un chamán tecnológico creando una narrativa en tiempo real basada en el ritmo, el único idioma que no necesitaba traducción.

  • Entrada a la exposición en Bombas Gens con un VW Golf GTI blanco y una fotografía mural en blanco y negro de jóvenes en un coche.

Me detengo en la cartelería, esa joya de diseño predigital donde el flyer se convierte en reliquia. Tipografías imposibles y collages que competían en audacia con los de Berlín o Londres. Eran obras de arte efímeras, un retrofuturismo nacido entre arrozales. Mientras en otros lugares el ocio se refugiaba en bares, aquí se erigían templos como Spook Factory o Barraca, naves industriales subvertidas por el color y la iluminación radical. Eran escenografías inmersivas donde la realidad quedaba suspendida hasta que el sol, implacable, dictaba el final (o la pausa).

La muestra no rehúye las zonas de penumbra. En las salas tituladas «En éxtasis» y «Colapso», la curaduría nos obliga a mirar de frente la fractura: el peaje humano de aquella aceleración, el refugio químico y la ansiedad de una generación que quemó el motor de cero a cien en apenas una década. Vivir rápido fue la única forma de no mirar atrás. 

Hago una pausa antes de salir y me siento en una de las sillas Acapulco del jardín del museo. Bajo las ramas de un olivo nudoso, me doy cuenta de que he sido testigo de lo que podría ser un ejemplo de los últimos ritos analógicos de Occidente. Pero también una afirmación de fe ciega en un país que, al igual que los que llegábamos de fuera, empezaba a saborear la palabra libertad.

«La Ruta». Bombas Gens Centre d’Arts Digitals, Valencia. Del 2 de octubre de 2025 al 1 de febrero de 2026.


Lecturas recomendadas:

Para entender el diseño: Ruta gráfica. El diseño del sonido de Valencia. Si te interesa la sección de cartelería, este es el libro definitivo. Moy Santana y Antonio José Albertos hacen una arqueología visual impresionante, elevando los flyers a categoría de arte. Es el complemento visual perfecto a la visita.

Para entender la historia oral: ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia. Luis Costa construye el relato no desde la teoría, sino desde las voces de los protagonistas (DJs, empresarios, artistas). Es fundamental para entender la evolución musical que mencionaba antes, desde el post-punk hasta la electrónica masiva.

Para entender la sociología: En éxtasis. Joan M. Oleaque escribió la crónica periodística definitiva sobre el fenómeno, abordando sin moralismos la parte oscura, el crimen de Alcàsser y el contexto sociopolítico que permitió que todo esto ocurriera.

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Imagen de cabecera: Vista de la entrada a la exposición «La Ruta». El Volkswagen Golf GTI dialoga con la fotografía documental de fondo, estableciendo el vehículo privado como el verdadero espacio social de la época. Foto: María Leis.


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