Son las cuatro y media de la tarde y la calle del Museo huele a resaca ligera, a cerveza evaporada en las terrazas que anteceden a la entrada del Centre del Carme. Valencia, a esta hora, es también una ciudad de contrastes térmicos y sonoros. Un grupo de estudiantes de fin de curso vocifera en francés mientras bloquean, sin saberlo, el acceso al museo. Proyectan la voz con una autoridad que por innecesaria en una calle tan estrecha, me resulta casi invasiva. Esquivo el bullicio y avanzo hacia el umbral. A lo lejos, veo cómo el sol ataca con fuerza el portal del viejo templo, pero al cruzar la puerta del museo, la ciudad por fin se calma. Me recibe una brisa suave. Es el alivio de los muros gruesos.
Al entrar en la sala de la exposición de Chema Madoz, el aire cambia de textura. Huele a papel fotográfico, a un aroma que para mi generación es el olor de la memoria química, de lo que tarda en revelarse.
Dentro, un grupo de séniors escucha a una guía que desgrana la obra de Madoz en valenciano. El idioma, con su cadencia de tierra y prestigio histórico, flota entre las imágenes. Observo la disposición de las piezas: las grandes cuelgan en lo alto, las pequeñas me miran de frente, a la altura de los ojos. Tras ellas, el dibujo de un pentagrama recorre las paredes. Las fotografías ya no son solo objetos; son ahora notas en silencio.
La construcción de un jeroglífico
La exposición es un diálogo entre la música y el libro, un juego de espejos donde el significante y el significado han decidido divorciarse para volver a casarse bajo nuevas condiciones. Una araña que toca el piano; un libro que respira. Aparecen las citas: Bradbury, Gómez de la Serna, Casals, Tchaikovski, y muchos otros. Palabras que actúan como andamios para sostener este universo de metáforas visuales.
Como migrante, uno desarrolla un sexto sentido para estos juegos semánticos. En mi equipaje, las palabras también cambiaron de peso. Lo que en Caracas significaba «hogar», aquí es «añoranza». Madoz hace lo mismo con sus objetos: los despoja de su utilidad práctica para dotarlos de una carga poética, casi metafísica. El artista los trata con una ternura quirúrgica, como si supiera que la única forma de que algo se nos muestre en su verdad es permitiéndole ser otra cosa.
La realidad es un contrato que se puede renegociar
Salgo del Centre del Carme y la luz de la tarde ha perdido su arista agresiva; ahora es una pátina dorada que lo suaviza todo. Cruzo de nuevo el umbral hacia la calle del Museo. El grupo de adolescentes franceses ha desaparecido. En su lugar se escucha ahora el murmullo de las conversaciones mezcladas con la cerveza y el vermut de las terrazas aledañas, junto con el breve estruendo de las persianas de los comercios que comienzan a subir.
Más tarde, el azar de un algoritmo me pondrá frente al Tiny Desk de Amaia. La veo allí, soplando con entusiasmo una silla plegable de la que brota un sonido aflautado, casi irreal. La silla deja de ser solo un objeto diseñado para el descanso y se transmuta en una estructura de metal que ha logrado traicionar su destino para convertirse en música, como en una fotografía de Madoz.
Mirar es una forma de pertenecer
A veces nos obsesionamos con buscar raíces profundas, como si la identidad fuera un bloque de mármol inamovible. Pero Madoz me recuerda que la solidez no está en la permanencia, sino en la capacidad de juego. La música no existe si la nota no se extingue para dejar paso a la siguiente. Quizás Valencia no sea para mí un destino final, sino este pentagrama donde voy ensayando nuevos significados para las mismas cosas de siempre.
Camino hacia la parada del autobús para regresar a casa. Me consuela pensar que, si el mundo es un error de lectura o un juego de semántica, al menos aún conserva la mínima posibilidad de restaurarse en su frágil certeza. Al final, ya no somos lo que fuimos, sino la metáfora que decidimos ser hoy.
«Chema Madoz. Letras y compás». Centre del Carme, Valencia. Del 6 de febrero al 18 de mayo del 2026.
