Hay un tipo de luz en Valencia que no se encuentra en otros lugares; una claridad que a veces parece revelar demasiado. He pasado la tarde en el IVAM, caminando por las salas de «El aura de una saga moderna». Se nos dice que es una muestra sobre la familia Pinazo —Ignacio, José, Marisa—, pero yo la veo como un ensayo sobre cómo nos las arreglamos para heredar el mundo de nuestros padres sin ser devorados por él.

El museo ha dispuesto unas 150 piezas para trazar una línea que va desde 1849 hasta finales del siglo XX. Es, supuestamente, un viaje por la Escuela Valenciana, pero tal vez sea la crónica de una obsesión doméstica elevada a la categoría de destino.

La pintura como única forma posible de estar en el mundo

Ignacio Pinazo Camarlench es el principio de todo. Su técnica tiene esa urgencia psicológica que marca un antes y un después en el retrato español. Empezó bajo la influencia costumbrista, pero terminó captando una esencia vital con pinceladas que parecen buscar una libertad que la vida cotidiana rara vez permite. Luego está el hijo, José. Uno puede ver el esfuerzo en sus lienzos: la lucha por salir de los claroscuros densos de su padre hacia un regionalismo literario, una estética belle époque que funcionó como un puente necesario. Es una forma de orden ante la mirada caótica de la influencia paterna.

Sin embargo, lo que me detiene es Marisa Pinazo Mitjans. Su catálogo es reducido, pero su presencia es la más inquietante. El IVAM recupera ahora su modernidad contenida, una inmersión profunda en el Art Decó que la muerte y la Guerra Civil se encargaron de truncar. Mientras Ignacio pintaba jarros de flores con la gravedad del oficio, Marisa los llevaba hacia una abstracción casi fría. Es el cambio de guardia.

En una obra vemos a los niños concentrados en el dibujo bajo la supervisión del padre. Se nos dice que la vocación era un «componente genético» en este hogar. Es una idea seductora, pero también una carga. Al final, lo que queda es una confrontación secuencial. Cada generación veneró lo que vino antes mientras luchaba por encontrar una voz propia en un sistema que no perdona la falta de originalidad.

Una familia intenta, pincelada tras pincelada, no desaparecer del todo

Fuera, la luz de la calle sigue siendo la misma, pero yo miro los rostros de la gente con otra sospecha. Pienso en lo que arrastramos, en las vocaciones que nos imponen y en las que elegimos para sobrevivir. El arte, aquí, deja de ser una imagen en la pared para convertirse en el rastro de alguien que intentó ser él mismo a pesar de su apellido.

Al final, todos somos ese lienzo que se va llenando de estratos, una superposición de sombras ajenas y luces propias. Camino hacia el ruido del tráfico con una idea en mente: no somos dueños de nuestra herencia, pero sí de la forma en que decidimos, cada mañana, volver a traicionarla para poder existir.


«El aura de una saga moderna: Ignacio, José y Marisa Pinazo». Del 3 de marzo de 2026 al 7 de febrero de 2027. IVAM Centre Julio González, Valencia.

Imagen de cabecera: Marisa Pinazo. Retrato de su hijo Francisco, hacia 1922. Óleo sobre lienzo. 78 x 63 cm. Colección particular


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